Terraplanismo o el derecho a pensar distinto
Vengo observando que hay una tendencia a inventar palabras raras como esta de terraplanismo o terraplanistas y que no definen actitudes precisamente positivas.
Recordemos la facilidad que tiene la sociedad actual para crear etiquetas. Ya dediqué al tema de las etiquetas algún post y defendía que era una costumbre nociva porque desposeía a la persona etiquetada de sus características humanas, o dicho de otra manera, la cosificaba.
Pongamos el ejemplo del terraplanista. ¿A quién se le aplica? Se supone que alguien que afirma que la tierra es plana o mejor, a alguien que niega que la tierra sea redonda.
Sin embargo en cuanto se usa la palabreja en cuestión, se añade unas connotaciones de ignorancia, capacidad intelectual escasa y otras mil cosas negativas más como cazurro de grado sumo.
Sin embargo, si alguien se niega a creer que la tierra sea esférica es porque no ha encontrado pruebas consistentes para él que se lo demuestren. No ha visto un barco velero alejarse en el mar en un día claro y observado que lo último que deja de verse de él es el mástil o no ha visto un eclipse de luna o no ha visto las fotografías de las misiones espaciales. O a lo mejor ha visto todo eso pero se niega a creer que sean pruebas válidas. En especial, las fotos. Puede pensar que hemos sido engañados tantas veces que esa es una forma más de hacerlo.
Por tanto, no hay ningún elemento que nos permita averiguar el grado de cazurrez del interfecto por su opinión en este tema. Quizás es solo ignorancia o desconfianza. Dejémosle que piense lo que quiera sin juzgarle. Es decir, démosle el derecho a pensar distinto puesto que no tiene implicaciones negativas para la sociedad.
Un segundo ejemplo es el de los antivacunas. Las vacunas revolucionaron la salud pública en el siglo XIX, sin embargo también son conocidas algunas prácticas de gobiernos que experimentaron en secreto con la salud pública para avanzar en drogas o armas biológicas. Es posible que estás personas simplemente sean desconfiadas y… tienen derecho a serlo.
Su rechazo a vacunarse les daña principalmente a ellos. Es cierto que hay una componente social aquí porque se pueden beneficiar de la inmunidad adquirida por el resto de los vacunados sin las molestias que puede generar una vacuna, pero tampoco es para incluirlos dentro de todos los matices negativos que la palabra antivacunas conlleva hoy en día.
Si se diera otra situación de pandemia, la vacunación puede hacerse obligatoria para acceder a determinados servicios, como se hizo ya en la del Covid. Es decir, no presentan ningún problema para la sociedad. Por tanto, démosle el derecho a pensar distinto.
El tercer ejemplo es palmario y es el polémico cambio climático. Aunque la mayor parte de los científicos aceptan su existencia y el origen antropogénico del mismo, no hay unanimidad. Es decir, las pruebas que aportan los defensores no son consideradas como concluyentes por los detractores. Y puesto que cada uno de nosotros no tiene ni los conocimientos científicos ni las herramientas para decidir por uno mismo si el cambio climático existe o no existe (en este caso, los cambios que percibimos serían naturales y formando parte de un ciclo que desconocemos) o sí existe, pero tiene su origen o no en la actividad humana, al final tenemos que alinearnos con las opiniones de unos u otros científicos. O dicho de otra manera, tenemos que depositar nuestra fe en las opiniones de unos u otros.
Por si la complejidad del tema no fuera suficiente, hemos de añadir los enormes intereses económicos que están alineados con las diferentes posturas.
Por ello, aquí, más que nunca no podemos culpar a alguien por pensar lo que piensa. Sin embargo, se ha acuñado el término peyorativo de negacionistas para los que opinan que el cambio climático no existe. No es justo porque la postura contraria no tiene nombre (podían llamarlos afirmacionistas) al dar por sentado que es la buena.
Hay más ejemplos de etiquetas peyorativas, algunas de las cuales tienen un matiz extremadamente grave en la sociedad actual. No voy aquí a mencionarlas porque solo hacerlo implica posicionarse. De tal magnitud es la censura autoimpuesta como moda social.
Creo que todos deberíamos defender el derecho a pensar diferente. Eso enriquece la sociedad porque lo contrario, el pensamiento único, el socialmente aceptado, nos retrotrae a momentos que creíamos superados. Todos debemos defender que cualquier pensamiento o idea sea válido salvo que incite a algún tipo de violencia u odio.
Es curioso pero la mera existencia de etiquetas como las que he mencionado, implica de una manera subrepticia un llamamiento al odio hacia la persona etiquetada puesto que se etiqueta al que no sigue el pensamiento en boga.
¿No resulta esto paradójico en una sociedad que presume de su tolerancia?
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