Errores ideológicos

 Vivimos en un caldo de cocido que da sabor (generalmente malo) a nuestra vida. Es un caldo preparado por la sociedad en la que vivimos. 

De una forma sutil configura la ideas de nuestro cerebro construyendo una especie de ideología que nos creemos sin cuestionarla. Recordemos que las ideologías no son otra cosa que la elaboración de un filtro para ver la realidad. 

Con las ideologías no vemos la realidad tal como es sino una parcela de la misma coloreada con un filtro que alguien ha elegido por nosotros y con unos fines que solo benefician a ese alguien. 


Es por tanto, como una especie de lavado de cerebro casi inevitable. Tanto es así que alguna vez escribí un post que venía a defender que si todos sufrimos un lavado de cerebro, al menos seamos conscientes de ello y elijamos el que más nos convenga


Esa ideología sutil que construye nuestra sociedad tiene al menos, a mí juicio, dos errores que van en contra de nuestra felicidad. 


El primero es el eslogan favorito de la sociedad de consumo: disfrutar, disfrutar y disfrutar, para lo cual siempre se nos muestra prototipos de gente estéticamente bella y permanentemente felices mientras disfrutan de productos, coches, viajes, etc con los que siempre salimos perdiendo al compararnos.


Este eslogan que todo el mundo acepta sin cuestionarse, tiene algunos pequeños fallos. Los que llevamos unos pocos años en este mundo ya nos hemos dado cuenta que la vida se parece más al valle de lágrimas que mencionaban las oraciones que nos enseñaron que al parque de atracciones del que parece hablarnos la sociedad y que nunca acabamos de encontrar.


Por si ello fuera poco, disfrutar exige bastante salud, dinero y ¿amor?, amor también, pero sobre todo tiempo libre

Si no tienes alguna de esas tres o cuatro cosas, lo de disfrutar lo podemos dejar para otro momento. Y tener todo eso a la vez es bastante complicado, por lo que nos vemos obligados a posponer uno de los objetivos aparentemente más importantes de este mundo a otro momento que nunca llega. 

Si nunca llega algo que ansiamos, ¿qué tenemos? Frustración. Es decir, infelicidad


Si disfrutar como eslogan de una vida es un error ideológico, ¿por cual podríamos sustituirlo? 

¿Qué tal este? Servir, servir y servir

¿Cómo que servir? ¿servir en este tiempo hedonista y egoísta, el de la búsqueda del placer de los sentidos? Estás majara. 


Veámoslo con un ejemplo gráfico. Supongamos una pareja cuyos miembros solo piensan en disfrutar. Obviamente solo disfrutarán cuando los disfrutes individuales converjan, es decir la intersección de ambos.

Si cada uno busca su propio disfrute, más pronto que tarde se mandarán a freír espárragos generándose frustración pues ninguno de los dos habrá cubierto sus expectativas. 

Ahora veamos una pareja en la que los dos solo piensen en servir al otro. Uno quiere servir y complacer a toda costa a la otra y la otra solo quiere servir y complacer al uno. ¿Cual es la consecuencia?: ambos disfrutan como nunca. Es decir, son felices


El eslogan de disfrutar es tan sutilmente estúpido que solo puede verse con claridad cuando dos personas están intentando rascarse su propia espalda obteniendo solo frustración hasta que uno se da cuenta que puede rascar las espalda al otro (es decir, ponerse al servicio del otro) y provocar y recibir satisfacción.


Por otra parte, la sociedad de consumo ofrece un corolario bastante repetido que también es racionalmente discutible: Tú te lo mereces. 

Naturalmente, ese eslogan se emplea para animar al consumo, que te líes la manta a la cabeza y disfrutes durante 35 segundos aquello de la que vas a arrepentirte un día, varios días o toda una vida.

Esa napolitana de chocolate, esa cervecita, ese whisky. Los que se lo merecen de verdad son los fabricantes de todas esas cosas. 

Tú no te lo mereces porque ya estamos pagados. Estamos vivos, ¿no?

Y ¿qué hemos hecho nosotros para merecer estar vivos?


Eso no quiere decir que no podamos darnos el capricho de tomar una napolitana, una cervecita o un whisky, pero porque nos da la gana, no porque nos lo merezcamos. 

“He trabajado duro esta semana, ¿No me lo merezco?” No, porque ya tienes tu paga

“He estado en el gimnasio, ¿no me merezco una cervecita?”  No, porque si vas al gimnasio es para sentirte mejor. Ya estás pagado. 

Tómate la cerveza porque te da la gana, no porque te la merezcas. 

Merecer una cosa da la sensación de cobrar un cheque en blanco. Hacer algo porque te da la gana es una decisión consciente de la voluntad en las que uno se hace responsable de las consecuencias. 

Mientras merecer algo parece un juego de suma cero, hacerlo porque te da la gana no lo es y uno debe asumir el saldo ya sea positivo o negativo.


Curiosamente el corolario de “tú te lo mereces” es uno de los mecanismos de frustración o infelicidad más potentes que existen.

¿Qué pasa cuando tú crees que te mereces algo y no lo obtienes? O dicho de otra forma, das algo y no obtienes compensación

Pues que te sientes realmente mal. 


Y aquí aparece el segundo error ideológico de la sociedad de consumo. Matar lo trascendente y lo sagrado, porque lo trascendente y lo sagrado permite obtener compensaciones en un plano no material o en un futuro incierto.


Voy a tratar este punto desde una perspectiva simplemente reflexiva, no religiosa. Antropológicamente hablando, el hombre ha sido creyente de lo trascendente y lo sagrado desde el comienzo de su existencia (hace unos cincuenta mil años cuando se calcula se produjo la revolución cognitiva que nos transformó en lo que somos) hasta hace unos doscientos años coincidiendo más o menos con la revolución industrial.


Esas creencias han permitido al hombre desenvolverse en entornos infinitamente más duros que el actual en el que, sin embargo, las enfermedades mentales campan por doquier en abundancia y limitan muchas capacidades del individuo incluso hasta desear la muerte si no a provocarla.


Este argumento, por sí mismo, nos invitaría a reflexionar sobre la trascendencia.

Pero es que además el concepto de trascendencia nos permite que el juego de la vida no sea un juego de suma cero como exige el concepto de merecimiento y disfrute.

Aquí aparecen conceptos antropológicos de Dios, el más allá, vida futura, etc que las distintas religiones han plasmado de diversas maneras: cielo, infierno, karma,...


Gracias a la trascendencia uno puede acabar su vida con un saldo positivo (ha dado mucho más de lo que ha recibido) sin un complejo de pringao porque espera una compensación en otra vida o también cualquiera puede permanecer con las esperanzas de que una persona con un saldo claramente negativo (un asesino en serie sin capturar, por ejemplo) reciba el castigo que en justicia merece.

Dicho de otra forma, la idea de trascendencia permite mantener la esperanza aún cuando todas las evidencias materiales inviten a perderla.


Pues bien, la trascendencia, que forma parte de nuestra herencia ideológica, incluso yo diría que genética, desde que el hombre es hombre, ha sido eliminada en pro de un consumo más profundo y eficaz reflejado explícitamente en la frase Comamos y bebamos que mañana moriremos. 

De ahí que el aniquilamiento de lo sobrenatural se complemente con la búsqueda del placer de los sentidos y una cosificación de los demás. La persona se transforma en un ente individual desligado del resto (difuminando el concepto de familia) y del mundo (egoísmo extremo). Así el individuo es más manipulable y más propenso a consumir productos, servicios e incluso relaciones. 


Es imposible que un garbanzo permanezca soso en un cocido salado pero nosotros somos entes pensantes y libres. Tenemos la capacidad de pensar sobre los errores que las ideologías nos meten en la cabeza.

Así que, a diferencia de los garbanzos, como entes pensantes, no necesitamos absorber el sabor del caldo en el que nos cocemos a no ser que estemos seguros de que eso no nos perjudica.


Naturalmente, puedo estar equivocado en la identificación de estos errores ideológicos pero eso no es importante. Lo importante es cuestionarlos (estos u otros). Y es a eso a lo que te invito, querido lector.

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